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martes, 19 de octubre de 2010

Miguel Ángel y las inconclusas: Manos de Hombre
(Segunda parte de la completitud)

 La expresión de la voluntad

Piedad de Rondanini (1564)


Escapar al momento final, a cualquier final de todos los ciclos que vive el hombre durante su vida, incluso llegar al final de la misma produce miedo, un miedo que tiene que ver con acabar, con llegar al final de un camino que se ha caminado seguro, aunque no se sepa adónde lleva. Sin embargo, Miguel Ángel siempre supo los finales de sus esculturas: desde que veía un bloque de mármol sabía exactamente lo que había en él, lo que debía ser revelado, no importa en realidad si lo hacía para sí mismo o para los demás.

Los dedos estaban ahí, la cabeza estaba ahí cuando empezaba la obra, sin darle descanso, manteniendo el pulso como un hombre lo debe mantener al tomar una espada o un fusil para sobrevivir, para cazar, pero este hombre solo trabajaba en la perfección, ni siquiera en la perfección de sí mismo, sino en la que le era impuesta por la divinidad, sea cual sea.

La misma divinidad era la que guiaba la mano, como si de una profecía ya escrita en el seno de la piedra se tratara y él fuera el encargado de escribirla, pero no con su propia redacción, sino siguiendo las líneas que ya habían sido marcadas, como si fuera un niño que debe apretar el pulso para marcar todo aquello que debe aprender al escribir, al sumar, al dibujar. Miguel Ángel, no obstante, no aprendía nada, simplemente estaba atrapado por la forma primero, y luego por una imagen completa, y a ella se dedicaba, en ella depositaba todo.

Hablar de todo lo que acabó así no tiene sentido. Hablar de todo aquello que lo hizo trascender, que llega hasta nosotros, es una cuestión de mera formalidad arqueológica. Más vale estar de pie junto a todo aquello que destruyó o que no acabó, porque ahí está  todo lo que no sabemos de él, está puesta toda su pasión y la voluntad de tratar de acabar algo que no acabó. Ahí no vale la disciplina, como si fuera una droga que nos permite y obliga a vivir. Este no es un soldado que obedece a lo que algo o alguien le ordena. Es lo contrario exactamente. Es trabajar sobre la base de la no supervivencia, es dejarse matar un poco por ver que otra cosa se entrega, es como si nosotros moldeáramos el barro y le diésemos vida, un poco de nuestra vida cada vez, para que pudiera mantenerse solo en el tiempo. Así, por lo tanto, es nuestra voluntad morirnos un poco o totalmente para que la pintura, tinta o mármol se mantengan en el tiempo.

Pero dónde está la voluntad en aquello inacabado. Está en no acabarlo, porque se hace innecesario para la pasión, se hace innecesario para la voluntad alentada por esta pasión. No es un mero acto de disciplina el acabarla.

El hombre que empezó a pulir una piedad florentina para luego destruirla, responde que una de las razones para su destrucción era “porque su criado le había importunado con sus sermones diarios para que la terminara y otra porque se había roto una pieza del brazo de la Virgen. Y todo esto, dijo, así como otras desgracias, incluyendo el descubrimiento de una grieta en el mármol, le habían hecho odiar la obra, había perdido la paciencia y la había roto” (1) . Y es que los esfuerzos siguieron quizás más allá de su propia voluntad, dejando la mano antes a la disciplina, para ver destruido todo por culpa de ella, y siguiendo su voluntad, la destruyó.

Lo mismo ocurre con los esclavos o prisioneros inacabados para la tumba del Papa Julio II, pero modelados hasta el punto que parecen salir, emerger de la roca pero a la vez contenidos, prisioneros por el propio escultor para nunca emerger del lugar donde pertenecen. Quizás ellos también están junto a Caronte, como en la Capilla Sixtina, hombres condenados a tratar de escapar del lugar adonde pertenecen, del que son parte, pero, a la vez, obligados a permanecer ahí, y aunque su esfuerzo sea enorme les es imposible ascender hasta el lugar donde deben/quieren llegar. Es por lo mismo que estas esculturas parecen más humanas, como si no pudieran despegarse de su propia expresividad, de su propia humanidad. Las demás obras del escultor italiano, las acabadas, son o parecen ser casi perfectas, divinas si se quiere (lo llamaban el divino), son los pasos que se siguen en el mármol, desde el infierno al purgatorio para llegar al paraíso, acabando al hombre en su completitud, como obra.

En todas las inacabadas quiso llegar a la perfección y quiso poner un soplo de su propia vida, y a pesar de no terminarlas lo hizo, invirtió y entregó vida, se deshizo de algo de él para luego destruirlo. Es como si todas las manos rotas, los cayos más endurecidos por esta obra, las noches sin dormir, el hambre, el frío y el cansancio no hubiesen servido a nada más que a la destrucción de sí mismo o de una parte de sí, y si es así, entonces sigue primando la voluntad y la pasión. O tal vez el logro de su perfección sea justamente entregarle el soplo de aquello que él mismo era: autorretratos más sencillos, más iguales a él.

Puede que también la Piedad de Rondanini haya tenido esa pequeña perfección de lo que nunca acabo, sin embargo no podemos saber, sobre todo en esta, si fue en realidad su voluntad, si logró a pesar de todo llevar al punto culmine su obra pero sin esa presentación formal que requieren las obras terminadas o el olvido que la voluntad impone a las obras inacabadas.

Entonces las estatuas lloran la muerte del redentor en todas las piedades, pero en esta una madre inacabada llora a su hijo inacabado, juntos, tratando ella de que su hijo muerto no caiga bajo sus pies. No logramos ver claramente la tristeza en su cara, no logramos ver tampoco la expresión de la muerte de cristo en el rostro, pero entendemos que más allá de esta forma inconclusa hay algo que se muestra por completo aunque sin acabar. Ahí están marcadas las manos de un hombre muerto hace más de cuatrocientos años y su voluntad.




(1) R. Hodson (2000) p. 110

(Fine)

lunes, 27 de septiembre de 2010

Miguel Ángel y las inconclusas: Manos de Hombre
(Primera parte de la completitud)




A falta de prólogo o lo que importa viene después

Esta entrada la escribí hace años, con errores, con una serie de faltas que para mi hoy serían imperdonables, pero hay algo de añoranza en ella, hay un algo de aquella época que no es que se añore realmente, si lo hiciera estaría renegando prácticamente de todo lo que he hecho hasta el día de hoy, y no es que me arrepienta de cosas, de muchas, sino mas bien de cerrar ciclos y volver a eso, a lo que deje en ese momento y que me veo en la obligación de completar, para completar todo lo que haga falta, porque no se pueden dejar cabos sueltos, porque las barcas se pierden en el mar y por primera vez en mucho tiempo, creo, puedo confiar en que las barcas no se van a perder; y podré dormir toda la noche como es debido y no preocuparme de lo que puede ser o no, porque, así como la luna obliga al mar a subir o a bajar, mientras los cabos estén atados, la barca no se va a perder, y si lo hace, será guiada por las mareas, y estas a su vez por la luna. De la misma manera hay gente que influye en lo que he sido y seré.

Este post no es el primero de este blog, pero sin duda es el que le da sentido, un sentido de mosaico significativo, que conste de cada una de sus partes pero sea imposible de observar: un mosaico caleidoscópico si se quiere. Y tal vez, tenga que ver también con el sentido de cada una de las palabras, como pequeños mosaicos, que nunca se sostienen por sí mismas (nada hay que se sostenga a sí mismo), sino por aquello a lo que hacen referencia: los sonidos, las cosas, a un mundo que puede que exista o no (como Plutón), pero que también sostienen lo demás, y que al fin y al cabo está, y está bien.

El post que van a leer a continuación ha sido modificado mínimamente, en sus errores, en su estructura y apunta a algo que voy a finalizar la próxima semana, porque todos y cada uno de los que me leen, y sobre todo yo, se merecen que haga lo que trato de hacer de la mejor manera posible. Así, este blog se ha transformado en algo más que un espacio en el cyberespacio, pero a la vez en algo que no existe en ninguna parte... 


Las manos del Hombre

Cuando se habla de la Biblia se dice que los versos que en ella están escritos son de inspiración divina, dictados por boca de Dios a los hombres y mujeres que redactaron todas y cada una de las palabras que ahí aparecen. Pero ese soplo divino fue ejercido, ejecutado por manos de carne y hueso. No vamos a discutir aquí la legitimidad de lo que fue inspirado por Dios o si lo fue, sino hablar de algo más concreto: de hombres y de manos, de las cosas hechas.

Se dice del hombre que piensa, y que todo logro es fabricado con sus manos, diez dedos dispuestos a realizar cualquier cosa que comande la cabeza, por lo tanto, comandado por nuestro pensamiento. La división del trabajo tiene que ver con lo que hace el hombre: una parte primero se organiza, se piensa, se hace estrategia, para luego pasar a la acción, y sin embargo, no todo se comanda de esa manera, no todo es movido por la razón, sino también por otras razones menos explicables y entendibles, sensaciones del espíritu si se quiere, liberaciones del mismo. A estas liberaciones del espíritu se les puede llamar emociones. Pero no me interesa hablar de todas ellas, porque no todas ellas nos comandan sino hasta cuando se exaltan, y ahí está la pasión, eso es lo que me interesa.

El hombre se deja guiar por la pasión para matar a la mujer que ama, por ejemplo, y ahí esta el problema, no la mata porque la ame, la mata porque lo apasiona. Entonces, el hecho de matarla no necesitaría mayor explicación, como tampoco el descuartizarla, el arrancar cada uno de los pedazos de su cuerpo tratando de convertirla en un puzzle imposible de reconstruir, porque no existe razón para aquello. Como tampoco existe al momento de maquillar su cara, separada ya la cabeza de su cuerpo, esperando que toda banalidad desaparezca: su sexo, sus senos, sus brazos y piernas, para que quede sólo ella, la residencia de todo en la cabeza, incluso dejando de lado los músculos o las bombas que distribuyen los fluidos al rededor del cuerpo. La cabeza y su cara maquillada, como un acto de arte, en el que no se encuentra a nadie sufriendo. Luego, la sube a su auto en el asiento del copiloto, dejando que duerma todo lo que desee, no interrumpiendo su sueño. Deja que lo acompañe a ver la puesta de sol, después de toda una noche juntos, y se sienta tranquilo junto a ella, como si en realidad nada hubiese pasado.

No se necesita, creo, describir más: esto lo hizo un hombre, y necesitó de sus diez dedos para hacerlo, necesitó de la fuerza de su brazo, necesito ser guiado hasta el cansancio por su razón para realizar los cortes, el maquillaje, pero esa razón fue movida antes por sus deseos para cometer el acto mismo, por la pasión. Esa fuerza que movió sus músculos es la misma que mueve a Miguel Ángel a crispar las manos alrededor de la piedra, y sacar de ella toda la materia que nos nubla la vista de lo que hay detrás.


Las estatuas que lloran

La cabeza envía toda una serie de señales a lo largo del cuerpo, a cada momento, incluso estando inconcientes, actos involuntarios que permiten que vivamos. Los actos voluntarios, que nos ayudan a vivir también pueden ser movidos por actos involuntarios: matar un animal para comer; preparase para la conquista, construir una planta de purificación de agua. Pero el acto voluntario de enviar señales a todos nuestros músculos para que se pongan en tensión, porque se prepara para dar un golpe a una roca virgen, no nos ayuda a pervivir, teniendo como resultado una figura humana o divina. En este caso, los músculos del brazo alimentados constantemente para llegar a dar un golpe, con un martillo sostenido por cinco dedos y sus callos, labrados ellos mismos de tanto labrar, no sirve necesariamente para nada al acto de supervivencia individual o de la especie humana, es una perdida de tiempo, es un acto gratuito que nuestra especie – si es que podemos hablar en esos términos – es capaz de realizar.

Los primates tienen manos y patas que parecen manos, y son tan hábiles como para trabajar con ellos y ellas, y algunos hasta fabrican herramientas. Las hormigas no tienen manos, ni siquiera son tan hábiles con su cuerpo, pero el cuerpo y las manos de las hormigas son todas ellas, y pueden construir galerías tan complejas como el hombre pueda imaginar, pero son todas las galerías iguales, no responden a nada más que a un lugar de habitación. Los elefantes son capaces de hacer maravillas con el extremo de su trompa, son capaces de tomar suavemente los huesos de sus muertos y llevarlos a un lugar común, donde serán venerados por los años que les queden a los elefantes.

El hombre es capaz de construir edificios cuadrados como cuevas, que son útiles para vivir, que protegen de la lluvia, el viento y el frío. Esto lo fabrica con miles de dedos y sus herramientas, que a su vez han sido fabricadas con moldes y robots, que a su vez han sido fabricados con ingenio y con sus dedos, que a su vez están en fábricas que han sido echas con los dedos y con ingenio. Han construido cementerios. Han matado manadas de animales. No han hecho nada que no haya hecho un animal con sus habilidades y sin manos. Aléguenme que son más complejas, más sofisticadas, que el hombre ha evolucionado de una manera que permite a los hombres pensar en las estrellas y llegar hasta allá. Pero no ha hecho nada que no pudiese haber hecho, en el sentido que he mencionado, otro animal que necesita satisfacer sus necesidades de la forma más eficiente posible ¿Dónde está la voluntad del acto? Todo reducido a necesidad.

La cabeza y su cerebro le fue dado al hombre por la naturaleza, por Dios, por Yahvé, por Alá, o por algún experimento de alguna “raza” extraterrestre, que es similar en muchas formas al de los demás animales, e inclusive, hay especies que lo tienen más desarrollado que el nuestro en algunos aspectos, y sin embargo sería uno más entre ellos si no tuviéramos el soporte adecuado y la voluntad… adecuada.

Somos uno de los pocos que podemos suicidarnos, somos uno de los pocos que podemos dejar de comer, somos unos de los pocos que podemos evitar tener hijos y dejarnos llevar por el placer del acto sexual, somos unos de los pocos que podemos comer solamente para hacer cosas inútiles a nuestra propia existencia. Rompernos las manos y no para cultivar; herirnos para darle el tono adecuado al rojo de la sangre del ser que tratamos de representar, y que se está muriendo, y que nos da pena; retratar un campo de flores que sólo tiene colores que son eficientes sólo para ellas mismas, pero que queremos que quede impreso de forma indefinida en cada uno de los conos y bastones del iris, y detrás de ellos. Esto con dedos, y quizás no con todos.

En medio de esto está el hombre que he mencionado, que a los veintitrés años dibujó y esculpió “La Piedad” de la Basílica de San Pedro. A los veintinueve nos mostró como debía ser un hombre perfecto, David. Y usó toda la fuerza de su cuerpo para llegar a eso, para moldear cada una de las cosas que estaban bajo el mármol, pero, sobretodo, usó la fuerza de los dedos para moldear cada uno de los contornos, llegar hasta la tensión de los tendones en los pies, o las venas del brazo luego del esfuerzo. También hay fuerza en lo que es plano, hay fuerza en los colores que no parecen colores o coloreado, parecen parte te algo que está vivo, que se confunde entre lo dibujado y lo esculpido, o entre lo vivo o lo muerto. La Capilla Sextina se abalanza con todo el peso de esas personas sobre ti, con el peso de los ropajes desde el techo, y solo Dios es sostenido por los ángeles, para que no caiga sobre nosotros, porque adán no podrá sostenerse una vez que Dios aleje su dedo. Los que escalan las paredes de la capilla pesan y hacen fuerza con cada uno de sus músculos para escapar del fuego, de un Caronte que tensiona sus brazos en un remo, con la ira de quien va a matar a alguien que está muerto. Algunos son ayudados por los que están arriba, otros son abrazados por los mismos castigados para sumarle peso al propio peso.

La única manera que queda para escapar es dejando que la manos hagan la fuerza necesaria para que el pincel no pase de largo, para que el cincel no pase de largo. Es la redención que buscan los que tienen la desesperación pintada en la cara, los que tienen la tranquilidad están al lado del Hijo. Los que están bajo un látigo casi infernal son los que ayudan a Miguel. Ellos eran la extensión de lo que no necesitaba hacer.

(fine parte prima)