lunes, 15 de abril de 2013

El día que la liebre arrastró los pies

"Entonces la tortuga
se transformó en liebre
y arrastró los pies."
Parte de proverbio tallado a la entrada 
de La Ciudad de los Idiotas

Habían pasado años desde la primera carrera y hasta se habían hecho infinitas. La liebre se había entrenado en el arte de la paciencia y la tortuga seguía... siendo una tortuga. La tortuga no parecía envejecer, no se molestaba cuando perdía de vista al conejo, la tortuga no miraba al conejo, la tortuga simplemente caminaba desde la partida hasta la meta, solo deteniéndose a comer, tomar agua, alguna otra necesidad básica, y algunas veces, dormir.

La liebre no se contuvo y se obsesionó con la idea de la meditación zen en espacios abiertos mientras se compite "imaginariamente" contra una tortuga que camina desde la partida hasta la meta - Best Seller-.

Así pasaron los años hasta que la tortuga murió de un ataque cardiaco por la vejez y el sobreesfuerzo: en medio de su caminata, se puso a la berma del sendero, entre las hierbas, y expiró, pero el conejo no se dio cuenta de eso y simplemente siguió arrastrando los pies a paso de tortuga ¿Algún día moriría también de un paro cardiaco? Quién sabe, a lo mejor esta vez llega primero a la meta.

viernes, 7 de diciembre de 2012

El idiota de la poética de la realficción

Hace un par de días vi la foto de un hombre que estaba entre un grupo de gente, y a pesar que no trataba de esconderse, era difícil verlo: la gente lo tapaba sin moverse, quieta ahí lo absorvía. Entonces había que mirar la foto un par de segundos más para ver al hombre que tenía una máscara que seguramente pertenecía a otra persona (sic). La máscara era el recorte de una foto de una persona que llevaba muerta casi una década, de eso estoy seguro, tanto porque puedo adivinar fácilmente la fecha de la foto tomada, como porque además sé que la fotografía original que dio paso a esta segunda foto fue tomada poco tiempo antes de la muerte de esa persona .

Así en esa foto había al menos dos personas y dos fotos: una persona con una máscara que representaba otra, fundidas entre unas pocas personas en la Alameda.

Al parecer, los otros que aparecen retratados y que no reconozco (¡como si reconociera a alguien!) solo pasaban por ahí o esperaban cualquier cosa menos una foto. Ese día cada uno de los que aparecen ahí tuvo que tomar cualquier micro o el metro, terminar de leer el diario, comer en el mismo lugar, terminar de escuchar un cassette en el auto mientras conduce a quién sabe dónde.

A lo mejor todos en esa foto están muertos o son millonarios: sus vidas en ese momento nosignificaban más que los detalles que los rodeaban.

Así lo importante del asunto es que a nadie le importaba la puta foto.

Si ellos, quienes aparecen ahí, ven esa foto, si vuelven a mirar al hombre con la máscara, seguramente no lo recordarán: no quedó registrado en lo que sea que se registran las cosas que se pueden recuperar de manera conciente.

Evidentemente, quienes mejor recuerdan el momento en que se tomó esa foto son el fotógrafo y el modelo. Ambos saben qué hacía ahí el otro y ellos mismos ese día, por qué tomaron esa foto, lo que pasó minutos antes en ese mismo lugar y minutos después; pero será borrado de las memorias a menos que alguien les haya prestado atención a ellos (fotógrafo y fotografiado), a los detalles y discimine lo que ocurre ahí para considerarlo importante y borre o elimine lo demás, como si por arte de magia las cosas y personas que pueden ser eliminadas dejaran de existir, pero dejan de existir en el recuerdo: aunque no esté ahí suponemos que algo existió.

Esa foto, ese fotógrafo, esos hombres (el de la máscara y el modelo que la usaba), tienen alguna conciencia de todo lo que recortaron a su al rededor y de las personas que pudieron estar en esa foto, las que dejaron pasar, las que esperaron.

La foto muestra a Miguel Enriquez parado en medio de la Alameda o más bien dicho, trata de imitar a Miguel Enriquez. De hecho, una vez ubicado el hombre con la máscara sigue pareciendo que es el dueño de la imagen quien está de pie, un poco lívido pero no como de aparición, sino más bien como olvidado de sí o despertando después de mucho dormir.

Y me siento engañado por la imagen, traicionado o algo así. Siento un poco de rabia y pena al mismo tiempo, pero no con Miguel o la foto, o lo que ambos representan, sino porque caí en el juego sin disfrutar el descubrimiento de las orejas de conejo que se veían debajo de la mesa donde estaba puesto el sombrero del mago, porque el centro de mi atención estaba en otro lugar, estaba en quienes rodeaban al modelo. No se ve el conejo, no se ve el truco, lo disfruto, pero la realidad esconde las cosas que no quiere mostrar en un hoyo negro, en las cajas que están en el closet de una casa, en la memoria de alguien o a plena vista: la cosa no deja de existir pero ya no está ahí.

La cosa es que el truco está listo y caigo en él una y otra vez: me escondieron el conejo y me mostraron un truco de prestidigitación, luego sacaron el conejo del sombrero. 

El caso es que Miguel está muerto y enterrado y ha sido revivido, como la aparición, como un fantasma que está quieto entre los quietos, ni muerto ni vivo, en un limbo de realidad recortada para ser más real que el simulacro de un simulacro de muerto entre los vivos, porque aunque este sea un trozo de la vida que vivimos, de la historia de Chile, de la vida de un hombre, de la realidad de la realidad, es más real que la suma de la realidad ante nuestros ojos, porque saca los excesos de ella. El truco de prestidigitación solo se utiliza dentro de la foto y no ya cuando tomamos el té por la mañana, cuando nos sonamos la nariz o parpadeamos. En esa foto el fin de la multitud era esconder y difuminar el simulacro de un hombre, el fin de la realidad es la realidad misma que cumple la misma función que esa multitud en la foto: distraernos de la realidad.

(Manuscrito de Emilio Montecinos. Texto encontrado en el cajón superior del escritorio, cubierto por una portada que llevaba el mismo título que el texto y coronando una resma de papel en blanco)


jueves, 23 de agosto de 2012

La puta madre que te parió o el eterno retorno nietzschiano

Evidentemente, un blog no parece un lugar adecuado para entrar en los intringulis de la sapiencia del filósofo decimonónico -aunque preferiría ponerlo en los albores del siglo XX-, por lo tanto solo lo he puesto en el título para evidenciar que los círculos y las vueltas son constantes que se mantienen casi siempre en la vida, y que eso de caminar en línea recta es mentira, o no mentira, sino algo como un espejismo del que no podemos darnos cuenta porque siempre tenemos la idea de que caminamos en línea recta.

Y ahí viene la puta madre que te parió. Porque cuando me di cuenta que volvía otra vez a las andadas, pensé en eso de dejar atrás y las líneas rectas, curvas, espacios multidimensionales y todo eso, como si estuviera haciendo un trabajo para campos vectoriales. "la puta madre que te parió". Y pensé que es como cuando uno va en metro y tiene que pasar la misma estación de metro, de ida y de vuelta, de lunes a viernes, a las mismas horas, y "la puta madre que te parió". Entonces la semana se transforma en semana y en otro mes y otro más, hasta que lo único que se hace evidente son las arrugas en la cara y "la puta madre que me parió".

Así que, es mejor dejar que supongamos que las líneas rectas existen y dejar de putear, sin desonocer que esas rectas son parte de una espiral...

martes, 27 de diciembre de 2011

Vuelta (divagación)

Hace tiempo que no actualizaba el blog. Para ser sincero había pensado en cerrarlo, pero le tengo demasiado cariño y por otro lado mi ego me impide dejar algo en lo que he invertido tanto esfuerzo, cosa que casi convierte en obligación el mantener abierto este blog.
Entonces pensé en deshechar todas las ideas que había mantenido hasta ahora y nuevamente, como lo he hecho tantas otras veces, volver a decir a quien me lea que trataré de volver a hacer lo que he hecho siempre: escribir aunque me pese, porque lo necesito y publicar porque me obliga a este esfuerzo de tener que mejorar en lo que hago.
Es cierto que a veces mucho de lo que hacemos de forma gratuita no es necesario, es como para llenar las cosas, y con eso me refiero a llenarlas con algo que proviene de lo que hacemos todos los días: lavantarnos, tomar desayuno, dedicarnos a lo que tenemos que hacer, almorzar, etc, etc. Pero eso también se convierte en una cuestión que está por verse, es decir, de tanto hacerlo se convierte en algo automático, que no llena y que, finalmente, terminamos por vaciar con una voluntad inconciente, como si nosotros mismos nos encargásemos de obligar a las cosas a transformarse en algo que ya no tiene sentido.
El punto es que al principio de cualquier acción, siempre pensamos que había un objetivo, una razón por la cual realizarla más allá de la mera cuestión del hacer, aunque fuese el simple hecho de sobrevivir (que no suele ser tan sencillo las más de las veces). Así las cosas empezaron y luego se perdieron en algún lugar. No hablo de que se perdieron en el camino, porque el contenido no se perdió ahí, sino en un lugar del que nunca nos dimos cuenta, un lugar que en realidad es tiempo. Es decir, el proceso de vaciamiento es tan lento como la rana cuando está en el agua fría y luego, sin darse cuenta ya es sopa, que es la misma razón por la cual una tetera nunca hierve mientras la miramos: las cosas se pierden en el laberinto del tiempo.
No estoy hablando del olvido, por supuesto, porque me imagino que todos quienes emprendieron una acción lo hicieron porque querían lograr algo, ya sea concreto, abstracto o espiritual, y que continuaron teniendo eso claro, pero como Bugs, dieron vuelta en la curva equivocada y siguieron sin darse cuenta, simplemente siguieron cuando habían pasado de largo o que quizás nunca llegaron porque el tiempo de esa meta había pasado. O sea, nunca perdieron de vista el objetivo, la meta, sino que eso nos dejó tirados en algún momento.
He estado releyendo una y otra vez lo que escribí, y me parece que las acciones que uno emprende no suelen ser gratuitas, aunque más de alguna se debe escapar por ahí. Sin embargo, la mayoría de ellas suele sufrir de este vaciamiento progresivo.
Yo, por lo menos, no estoy seguro de la razón por la que escribo ni si tiene un objetivo. El caso es que no lo puedo evitar, me supera y a la vez me llena, aunque tampoco tengo muy claro de qué. Y se vacía y se rellena a sí misma con el solo hecho de producirse. Se queda varado en algún lugar y vuelve sin que nadie la haya llamado a rellenar lo mismo que se había vaciado...
No me gusta poner cuestiones tan personales en mi blog, o al menos, solía maquillarlas.
Y nuevamente no puse una imagen en esta entrada.

viernes, 29 de julio de 2011

Réquiem para todos

Entiéndanme, no es que yo hubiese querido que se muriera y menos matarla, porque seguro que se iba a morir de todas formas. Mal que bien, a todos nos llega la hora.

Yo la odiaba, la odiaba profundamente. Quizás porque ella parecía una caricatura de sí misma: usaba un peinado alto y se paseaba con él por todas partes, un peinado que se nota entre toda la gente, y a pesar de estar desaliñado tenía un toque elegante. Se adornaba con poco además del peinado, con poca carne y con poco encanto, o más bien con un encanto agrio, a lo que sumaba algunos collares y varios tatuajes, demarcados por su rimel, delineador y/o pestañas postizas. Era un palo con voz de hierro, una rama frágil que por lo mismo suena duro. Así al fin y al cabo quedaba desnuda de todo. Ella por ella era nada. No nadie, sino nada.

Entiéndanme, yo de verdad quería su música, la amaba profundamente y me duele que ya no esté –de hecho acabo de borrar todos los discos que tenía de ella, porque para mi su música no existe, desapareció con ella-. El problema, creo, está en su figura de lisiada que lloraba en escena, la rama cantaba y se quebraba, y eso me generaba impotencia: tanto llorar para nada.

Entonces se tenía que morir, debía desaparecer como polvo, porque, como dice Johnny Quid, más valía muerta que viva  –no como monedas necesariamente-. Como algunos forajidos del Salvaje Oeste, Salvaje. Ahora todos corren tras sus discos, todos lloran a la Diva, pero no porque haya desaparecido su música, sino porque ya no tienen para apuntarla y decir “ahí voy yo”; porque ya no pueden tener tampoco un pedazo de ella; “pobrecita, tanto sufrió”. Luego todos la vuelven hijo y empiezan los rumores de su resurrección. Después todos compran sus discos con un sentimiento entre Judas y Poncio Pilatos, pero sin árbol del que colgarse, ni agua y jabón, se asumen a sí mismos como versiones asépticas de estos personajes.

Quienes realmente la odiamos, borramos su música –por más que hayamos amado esta última-; borramos sus imágenes de nuestros discos duros; vamos a dejar que muera tranquila y en el olvido, porque si no aliviamos su dolor en vida, si solo la usamos para aliviarnos nosotros, no tenemos derecho a sacrificarla por nuestros pecados.

Todo porque yo la odio de verdad y no me disfrazo de oveja llorando la carne muerta, rogando que se resucite a sí misma para seguir fagocitando su espíritu santo.

Esto es para terminar de matar a AMY y no para llorar habiendo ayudado a matarla. Lágrimas de cocodrilo.

La mejor forma de guardar su música y su recuerdo es olvidarla por completo.

sábado, 2 de julio de 2011

Salir a correr sin ser atleta profesional
o "El Síndrome de la Rueda de Hamster".
(Clasificación de enfermedades mentales no descubiertas)

A.- Sociales
Salir a correr sin ser atleta profesional (III) 




A Patricia D...

Una de las características humanas que más me ha llamado la atención en mis años de práctica, es la capacidad que tiene la mente de recuperarse de muchos trastornos y del cansancio mental a través del ejercicio físico. El asunto, sin embargo, no se hizo patente hasta que me descubrí mirando a un grupo de pacientes que salía a correr todas las mañanas con una disciplina militar.

Puede que sea necesario aclarar en este punto que ninguno de ellos tenía desordenes asociados a la compulsión o a la obsesión, y quizás esa sea también la razón por la cual me quedara como hipnotizado por ellos.

Así las cosas, no  era extraño que los pacientes se ejercitaran, lo que sí era extraño era que una de los pacientes que atendía  a diario en el mismo centro, no solo se negara al ejercicio, sino que además lo cuestionara como método para ayudar a la mejoría para cualquier afección mental. Al menos el ejercicio como nosotros lo entendemos.

Su nombre era Ximena y nunca en su vida, según su propio discurso, había sufrido de stress o de cansancio mental. Ella, por lo demás, no era una profesional que estuviese expuesta a las presiones de la vida laboral, sino una mujer que se había dedicado su vida a ser dueña de casa, teniendo a su servicio empleadas para lo que fuese necesario. Pero no nos adentremos más en su vida privada, que no nos interesa tanto como el asunto que disparó mis investigaciones: su hamster

También es importante mencionar que ella sí creía que en realidad se ejercitaba, que todas las mañanas trataba concientemente de estar mejor por medio del ejercicio, no el que hiciera ella, sino el que hacía su hamster: Tomás.

Ella levantaba todos los días a Tomás a la misma hora que se levantaba, ponía un poco de comida en su jaula, lo veía llenarse el hocico y volver a su madriguera –un calcetín-, y mientras Tomás comía en su hogar, fuera de la vista de todos, Ximena desayunaba, luego se estiraba, se vestía y golpeaba la jaula del roedor. Tomás salía, se subía a su rueda y se ponía a correr. Ximena lo miraba abstraída, obserando las patitas del animal y contando las vueltas que daba.

“Yo había sabido desde siempre por qué corren los hamster, me dijo un día, o al menos lo supe desde el momento que ví uno. La mayoría de la gente cree que los esos ratoncitos corren porque no tienen nada mejor que hacer que correr en su rueda sin llegar a ninguna parte, que el instinto los llama a la rueda, y corren hasta que sienten que han cumplido con lo que tienen que hacer, aunque no hayan cumplido nada. Tomás suele correr una hora seguida ciertos días y otras corre cinco minutos y descansa, y luego vuelve a correr. Así sigue hasta que completa la hora. Todos los días completa la misma hora.”

“Él, me imagino, corre porque tiene que correr, porque los hamster corren en las jaulas todos los días en todas partes, pero ninguno sabe por qué corre y yo sí, por la misma razón que corre todo el mundo…”. No dijo nada más ni quise preguntar por el momento.

Días después, en una de mis rondas, por la mañana, vi que miraba correr a los pacientes alrededor de la cancha, y súbitamente me miró y dijo: “todos corren porque quieren salir”. Y así es en efecto.

En este ciclo de conferencias que querido mostrar la existencia de enfermedades y síndromes no descubiertos que se hace necesario investigar. En este caso el síndrome estaría provocado por cualquier tipo de encierro -físico o metafísico- y su síntoma más común, el hecho de correr, ni siquiera en forma compulsiva, sino simplemente correr, como si se entrenara para una maratón o si se quisiera tener mejor estado físico, sin llegar a ninguna parte.

La gente que sufre este mal suele inscribirse en todas las competencias que les parezcan atractivas (que suelen ser casi todas) y que calce con sus modus vivendi para no parecer una persona anormal. Este último punto es el más importante, ya que ayuda a la justificación del “Síndrome del la Rueda de Hamster”, provocando que el paciente solo asocie el correr al bienestar físico y la competencia a un acto social.

Hasta aquí todo debiese estar en orden. Todas las personas suelen producir espontáneamente endorfinas luego del ejercicio y esa es justificación suficiente para correr, no obstante no es razón suficiente para inscribirse en competencias. De hecho, si lo pensamos racionalmente, una persona que se inscribe en cualquier competencia, lo hace pensando que tiene alguna oportunidad de ganar, si no, no sería necesario todo el ritual que siempre se hace en esos casos –inscripción pagada, asignación de una identificación numérica, reglas de eliminación, etc.-, ni tampoco sería necesaria la existencia otro premio que no sea el mismo hecho de competir y convertirse en un primus inter pares, si no se encuentran en un nivel profesional. Incluso, de necesitar estar entre un grupo que reafirme socialmente, como institución, el hecho de ser un ganador, puede crearse una fundación o grupo, dividido en niveles, que mida constantemente el progreso de los miembros, permitiendo al ganador de un nivel ascender al siguiente en función de sus logros. Pero podemos reducir más toda esa problemática dejando que el corredor solo se vaya midiendo con personas que tengan un nivel mayor.

A pesar de lo anterior y según los resultados de mis investigaciones, creo que los corredores no aceptarían aquellos métodos que no formaran parte de una competición tradicional, como las conocemos hoy. Y voy más allá del hecho de medirse en una competencia real, ya que si tienen la disciplina suficiente –que al parecer, la tienen-, bastaría con que todos los que tuviesen la misma corrieran juntos para que fuera una experiencia “real”, válida, y no un entrenamiento o “ensayo”.

De ahí que, sabiendo que muchos de ellos no se entrenarán nunca lo suficiente para ganar una carrera, y/o que se inscriben constantemente en carreras teniendo la seguridad que les será imposible ganar, las preguntas que aparecieron en mi investigación son ¿Para qué se inscriben? y ¿Por qué corren? La respuesta pareciese ser para escapar ¿De qué? Nadie sabe, por eso no se ha descubierto esta enfermedad.

miércoles, 13 de abril de 2011

Escribir en las paredes, árboles, baños, etc.
(Clasificación de enfermedades mentales no descubiertas)

A.- Sociales
Escribir en las paredes, árboles, baños, etc.(II) 
Animita popular "Romualdito" en Chile
“El amor es eterno mientras dura”
“Aquí me la chupó Emilia”


Baño Público

Esta enfermedad está en todas las esquinas de nuestras ciudades y en muchos de los árboles y piedras de la naturaleza que ha tocado el hombre. Más bien dicho, esta enfermedad no-descubierta ha ido evolucionando desde que el hombre descubrió que podía dejar una marca propia en algunos lugares, una marca trascendente (en su sentido más terrenal, aunque suene raro).

Al principio ni siquiera debía tener muy claro lo que lograba: dejar una marca que durara más que su paso nómada por una cueva, mientras era cazador y recolector, que durara más incluso que las marcas biológicas de los animales. De hecho, esta misma marca no pretendía, al parecer, ser más que una muestra de que alguien, diferente al que la encuentra, estuvo ahí en un momento determinado antes que el observador. Esta tautología no es tan evidente cuando pensamos que quizás el otro, quien dejó ese signo –me atrevo a usar esa palabra-, nunca pensó necesariamente que alguien pudiera encontrarla alguna vez.

Con el tiempo, esa sensación de no estar seguros de la intención de esa marca desaparece al tiempo que aparece la escritura. Los vedas, los fenicios, los egipcios, los griegos, los latinos, sobre todo los latinos y sus graffitis nos dejaron claro que lo que pretendían era que sus escritos por lo menos duraran un poco más que su paso por algún lugar: las galeras, las prisiones, los baños públicos, los árboles y un largo et cetera.

“No entre aquí nadie sin saber geometría”; “Conócete a ti mismo”; “Tiberio vale callampa (Tiberius putridus quid fongus)”; “Quisquis amat. veniat. Veneri volo frangere costas / fustibus et lumbos debilitare deae./ Si potest illa mihi tenerum pertundere pectus/ quit ego non possim caput illae frangere fuste?” (Como sea el amor se va. Quiero quebrarle las costillas a Venus/ con un palo y romper el lomo* de la diosa/ Si ella puede perforar mi tierno pecho/ porque no puedo romper su cabeza con un palo?). Estos son algunos de los rayados que se han encontrado en diferentes excavaciones a lo largo de los siglos, mostrando que al hombre siempre le ha interesado la trascendencia de lo esencial.

La enfermedad no-descubierta que se relaciona con este comportamiento no tiene que ver necesariamente con la compulsión de rayar cualquier cosa –esa enfermedad sí existe-, sino más bien con una disfunción en la que influye directamente la presión social.

Imaginemos un joven en cualquier época, incluso imaginemos jóvenes felices en cualquier época, que se consideren a sí mismos felices, como en un estado constante de dar y recibir amor. Jóvenes totalmente extrovertidos. Incluso ellos tienen deseos y secretos que prefieren no contar a nadie, pero que les encantaría que el mundo supiera. Una dicotomía volitiva si se quiere, entre una parte que los impele al exhibicionismo y otra que los hace retrotraerse al anonimato, de hecho, supongo que la enfermedad sería probablemente impactaría mucho menos a la sociedad si se formaran grupos con lemas en forma de corazón que llevasen escrito dentro “___________ y __________ se aman”, generando dinámicas como las de rehabilitación de adicciones o superación del dolor o de enfermedades terminales.

Sin duda esta enfermedad no-decubierta podría causar  graves daños a diversos tipos de servicios que proporcionan los estados, considerando que puede llegar a ser tan contagiosa que los mismos rayadores pueden verse sobrepasados por la sensación (podría describirse primordialmente como angustia, pero no es un sentimiento tan concreto) de que, sea lo que sea que quieran expresar, no solo va a ser borrado para mantener el orden y la limpieza de las ciudades, sino que también corre el peligro de que, por una posible pandemia, sus escritos queden borrados en pocas semanas por los escritos de los demás, obligando al sujeto a marcar su propia permanencia una y otra vez o reprimir su deseo.

Animita de novia muerta
Quizás, la mejor solución del asunto sea crear santos populares que se comprometan tanto a cumplir las promesas que les piden, para que luego los “ayudados” dejen un rayado con su agradecimiento; como a desperdigar todos los secretos anónimos que las personas podrían dejar en un papelito doblado en su animita, para luego agradecer con una placa o un rayado el favor concedido.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Sindrome Cobain


Primero que todo, debo pedir disculpas a mis lectores asiduos y a los que pasan a ver las imágenes, se las roban y se van, porque he cortado la serie que correspondía y he pasado a otro tema, esto de ninguna manera significa que deje la serie de lado, sino más bien, profundiza en el conocimiento de la misma. Pero dejémosnos de rodeos y vamos al grano.

El título de la entrada no tiene nada que ver con el suicidio de Cobain -al menos no en primera instancia-, no es una enfermedad no descubierta, ni siquiera se sabe a ciencia cierta si es que en realidad era una enfermedad o una forma de vida que induce una y otra vez a circulos viciosos continuos.

Cierto, todos vivimos en constantes circulos viciosos, de una u otra manera: la rutina, el trabajo, las vacaciones, los días de la semana, los años, los demás; y cuando salimos de uno de estos círculos entramos en otros, más breves o más cortos, pero igual de centifugos.

Cobain vivió eso como un dolor de tripas. No es, evidentemente, que pusiera todas sus tripas en sus presentaciones o que en sus canciones se desangrara siempre, en sentido metafórico o metonímico si se quiere, sino que cantaba como un vómito del alma: Cobain literalmente vomitaba sus canciones -muchas de ellas se inspiraron en sus vómitos-, les dedicaba canciones a sus vómitos de sangre, a la sangre rodeada por mierda que quedaba flotando en el baño.

Normal. A casi todos les pasa alguna vez, eso de estar en el fondo del baño esperando desangrarse. No es ninguna maravilla, no se necesita ser una estrella del rock ni un retardado mental para sufrir una enfermedad del tracto digestivo, pero seguramenete la mayoría de nosotros hacemos canciones de eso.

Generalmente entendemos este hastío del grunge/garage de Seattle como la expresión de una juventud nihilista o existencialista: la importancia del vivir o no y para qué. En realidad, a lo que le cantaba Cobain era al dolor de panza, a las tripas literalmente destripadas, que todos lo vieran como otra cosa es problema de los demás.

En este punto es imposible no recurrir a Braveheart, pensando en cómo William Wallace es capaz de gritar FREEEEEEEDDDDDDOOOOOOOOOMMMM!!!! mientras el verdugo lo destripa. El despliegue de coraje hace que cualquiera con corazón suelte una lágrima, más todavía cuando desde la torre lo escucha la mujer que lo ama. No quiero pensar en el personaje histórico Wallace, prefiero pensar en Cobain y en su sindrome, que quizás también podría ser el sindrome Gibson, pero con una diferencia: Cobain sentía que se moría porque quizás tenía un caso agudo de cólon irritable que necesitaba algún tipo de paliativo, el problema es que el cólon solo necesita de algunos antinflamatorios que lo alivian parcialmente, el alivio total de esta enfermedad viene por la felicidad y la despreocupación. Por su parte, Gibson, solo pensaba en la representación dramática de la muerte de un héroe escocés que no alcanzó más que una vida pírrica en la realidad, pero que se transformó en una especie de animal mitológico medieval. Aunque los dos gritaban su destripamiento al mundo.

Así, la depresión de Cobain tenía un origen anatómico: calza perfecto con sus vómitos y diarreas, con su colon irritable y, luego, su adicción a la heroína como alivio de ese mal: "si ya parezco un Junkie, pensaba, por qué no serlo completo si me alivia". El circulo vicioso se va cerrando hasta convertirse en un punto negro que es fácil de sacar con cualquiera de esas banditas anti puntos negros. Todos los circulos viciosos se cierran, todos los puntos negros desaparecen -aunque la ley de Lavoisier diga lo contrario-, y toda la naturaleza continúa sin nosotros. El único problema que nos queda por solucionar es el problema metafísico, ese de cuando nos preguntamos cuándo vamos a cerrar este círculo -sea a lo que sea que esa pregunta se refiera- que nunca terminamos de cerrar.

El sindrome Cobain, entonces, se entiende como los circulos viciosos que llevan a suicidio que seguramente nos llevará a otro circulo vicioso.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Llorar en la Calle
(Clasificación de enfermedades mentales no descubiertas)

A.- Sociales

Llorar en la Calle (I)

El entorno donde he hecho estas observaciones suele ser el centro de la mayoría de las ciudades en las que he estado, porque el desconocimiento geográfico y social de ellas me dejó atrapado en ese espacio –imagino que en muchas habrá lugares especiales para desahogar las penas, lugares para llorones que yo no conocía-, dónde también tuve la posibilidad de ver toda la mierda de las ciudades las veinticuatro horas del día.

Ahí ví gente llorar, y cuando digo gente me refiero a toda clase de personas: ancianos, jóvenes, ateos, presuntos terroristas, homicidas, niños, abuelos, huérfanos de diferentes edades, etc. También las razones por las que lloraban eran diferentes: porque habían perdido un dulce, porque el amor de alguien los había dejado (en la mayoría de los casos de manera física), porque sus vidas no seguían el camino deseado o justamente por la razón opuesta. Además, todos ellos son quienes generan y ayudan a propagar la enfermedad, la entregan a otros para que la porten, y los brotes tienden a asemejarse al resfrío común, ya que se extiende mucho y muy rápido, principalmente por el morbo de la gente.

A partir de estas observaciones, he detectado que quien sufre esta enfermedad, a pesar de lo que se puede creer, es quien mira al llorón. Quien mira al llorón siente una especial simpatía, una simpatía particular sobre todo si el llorón es un desconocido, lo que se conjuga además con la empatía, que lleva a desviar la mirada, apretar los párpados con fuerza y seguir camino, como si nada, a pesar que en su cabeza quedan dando vueltas las razones que llevan a una persona a llorar en la calle, lejos de la intimidad y sin razón trágica-accidental aparente. Esta misma serie de razones, más la empatía, generan un estado de melancolía que lleva al no-descubierto-paciente a reflexionar acerca de los errores cometidos cuando niño; la decisión esa tarde de llegar a casa por el camino más largo y no por el más fácil; de olvidar a propósito como andar en bicicleta; entre otras, pero que venían de ninguna parte –el no-descubierto-paciente siempre contesta que no lo recuerda, que no sabe, que fue una idea que se anidó del a nada en su cabeza-; y otros, que son siempre invariables y no tienen mayor importancia en el presente, pero que pueden ser tan intensos que pueden eventualmente llevar a la muerte por licuefacción: el paciente cae en un estado de melancolía profundo que lo lleva a llorar por las calles sin razón aparente –lo que contagia la enfermedad-, hasta que se licuefacciona en el ultimo lugar que se lo vio llorar, que suele ser, por lo general en el medio de la calle. Esta es la causa de la muerte-desaparición del sujeto, porque, hasta donde tenemos conocimiento hoy, sería imposible identificar el líquido que se encuentra en un lugar con alguna de las personas desaparecidas.

No me es posible entregar más detalles de los que he entregado con respecto a  esta primera clasificación, así que en esta, como en las demás, aceptaré cometarios pero no preguntas.

jueves, 10 de marzo de 2011

Clasificación extensa de enfermedades mentales no descubiertas.

Hoy en día no se tienen estudios confiables acerca de todas las enfermedades que no han sido descubiertas y que eventualmente podrían poner en peligro la supervivencia de la especie humana, por lo que he dedicado mi vida completa a generar una serie de estudios que me permitan predecir las enfermedades que nos podemos encontrar en el futuro en todos los contextos posibles de existencia. Sin embargo, los resultados no los he podido traducir en enfermedades biológicas y solo he podido extenderme en el campo de mi especialidad: la psicología

La Metodología ha sido poco Ortodoxa, simplemente he tomado algunos comportamientos de mi realidad más adyacente y he tratado de explicarlos por medio de la posibilidad que impliquen una enfermedad mental en el futuro, es decir, he imaginado los problemas que podrían desarrollar las personas de acuerdo a estos comportamientos. Con todo, no he podido llegar a resultados concluyentes respecto de las enfermedades futuras. Es por eso que lo que presentaré como enfermedades no descubiertas los comportamientos que les dan origen.

Así el listado se divide de la siguiente manera:

A.- Sociales

-    Llorar en la calle (I)
-    Escribir en las paredes, árboles, baños, etc. (II)
-    Salir a correr sin ser atleta profesional (III)
-    Discutir con todo el mundo (IV)
-    Esconderse en el baño ante cualquier problema (V)

B.- Individuales

-    No soñar constantemente (VI)
-    Poner atención a los pájaros cuando cantan (VII)
-    Desear fin satisfacer el deseo por imposibilidad (VIII)
-    Hablar solo sin ponerse atención a sí mismo (IX)
-    Masturbarse en secreto (X)

Los comportamientos antes descritos no solo pueden llevar, en su gran mayoría, a problemas de personalidad, sino también a raquitismo, enfermedades al corazón (taquicardia y bradicardia crónicas) y, eventualmente, escorbuto. Lo más probable es que estas enfermedades sean somatizaciones del mal funcionamiento mental y que tengan que ver siempre con la falta o sobredosis de algún elemento (sic).

Para el caso no es preciso que las descripciones sean exhaustivas sino en la medida que sea necesaria para apuntalar el comportamiento y a la posible enfermedad que puede indicar. Así la información queda a disposición de ustedes, para que también, si les interesa, puedan trabajar sobre ella.

Continuaremos en la próxima sesión.

martes, 22 de febrero de 2011

Remake de “La vida de los Peces”
(Teoría acerca de los pingüinos y los peces )




Siempre me ha causado gracia eso de que los peces se ahoguen en tierra, digo, tratar de respirar oxígeno del aire, no del agua, y como no tienen extremidades útiles en tierra, se retuercen como todos nos retorceríamos bajo el agua. Era un buen negativo. También me llama la atención eso de que salten en la tierra, como si le pudieran dar dirección al movimiento y salvarse.

Los pingüinos me gustan por eso, porque aunque no son buenos moviéndose en la tierra por lo menos pueden darle dirección. También pueden volar bajo el agua, haciendo mejores piruetas que las de las aves de caza. Pero a ellos también se los comen… las Orcas.

Así, algunos podemos ser peces, nadar por donde nos plazca o por donde vaya un cardumen definido, dependiendo de la especie a la que pertenezcamos. Seguramente la mayoría de nosotros podemos ser gregarios y trataremos de protegernos con, nunca de proteger  al cardumen –aunque la única protección de los cardúmenes es la masa, el colectivo en sí mismo-. Podemos guiar y dejarnos guiar al mismo tiempo por todos los individuos, casi como si cada uno de los peces que forman en conjunto un solo ser vivo compuesto de neuronas en movimiento: las mismas neuronas son el cuerpo. Todos siguiendo a todos en un acuerdo. Como un ballet, pero con casi nada de Ballet. Al poco o mucho andar, los atrapan en una red y ni siquiera pueden retorcerse porque han sido aplastados por el peso de las otras partes de su cuerpo, y a los que se quedaron encima se les acabo la fiesta retorciéndose y pudiéndose en conjunto.

Los pingüinos son un poco más inteligentes. Son aves y no vuelan, nadan casi tan bien como los peces, pero no pueden respirar bajo el mar: son casi todo. Son animales únicos en lo que respecta a su parecido con otros –no parecen pájaros realmente, me son más cercanos a un niño aprendiendo a caminar con un smoking apretado-. Los pingüinos en tierra viven en comunidad, pero pueden perderse, eventualmente, algunos solitarios. Sin embargo, tienden a vivir en comunidad, porque es su forma de sobrevivir como especie. Pero tienen depredadores con bocas relativamente pequeñas para el tamaño de muchos pingüinos, lo que provoca que la muerte de muchos sea innecesariamente dolorosa. Digo innecesariamente, porque si sus depredadores tuvieran bocas más grandes, podrían destrozarlos de una vez, o partirlos por la mitad; pero no como lo hacen, lanzándolos contra las rocas o con fuerza hacia el aire para que crezcan las heridas y se despedacen en vuelo.

A pesar de todo, no sé si me gustaría vivir en un acuario, sigo prefiriendo el mar.

miércoles, 26 de enero de 2011

La alegría de escribir (¿?)

Este post va sin video, sin foto, sin dibujo, sin nada que pueda distraerme de lo que quiero decir, que es una mezcla de rabia y pena, y no lo voy a adornar con ningún tipo de palabras, más que las necesarias. Este de aquí soy cuando me siento a escribir.

Hace tiempo, hace mucho tiempo, desde que empecé a darme cuenta lo que era realmente escribir quise alejarme de la cursilería, de la palabra fácil que es tan fácil confundir con algo vacío, repetitivo, y traté de hacerlo bien, hacerlo como quienes admiraba, que son tantos. Sin embargo, nunca admiré solo lo qué decían o como lo decían, sino que admiraba algo que me es difícil de explicar, pero que se puede resumir en la transmisión de un sentimiento, de una realiad completa sin otro intermediario que un signo completo: el relato, cosa insustituible en cada una de sus palabras o dibujos por otra cosa, como si la precisión de cada una de las palabras fuera el uso de un florinete que solo sirve cuando penetra un punto preciso del cuerpo. Añoro ese todo, ese alcanzar a decir lo que hay que decir, lo que hay necesidad de decir.

Todos nosotros podemos llegar a ser escritores, buenos escritores en general. Escribir es una técnica y se puede aprender como se puede aprender guitarra o a dibujar, con más o menos talento, y se contarán historias entretenidas, que nos hagan volar en la fantasía, que nos hagan desternillarnos de la risa o cualquier otra cosa. Sin embargo, fuegos de artificio como esos se pueden comprar en alguna tienda, mentir a nuestros lectores y decirles que los hemos fabricado, que los hemos creado nosotros, y quizás eso haga la escritura de un relato, la escritura de una novela entretenida y haga decir estupideces como las que tantas veces he leído en las entrevistas de los que ganan premios en concursos literarios (impostando casi siempre frases profundas). Sí, puede que esto lo diga un poco porque nunca he ganado un concurso, y quizás las cosas que diga cuando lo haga -si es que ocurrre- suenen igual de impostadas o lisa y llanamete como estupideces, pero nunca podría decir que el tratar de dar una estocada con un florinete como ese es una alegría; tampoco es un parto, es creo, una necesidad de comunicar algo que va más allá, que no se puede decir sino que solo se puede intuir.

Entonces entiendo por primera vez que a veces alejarse de la cursilería, alejarse de la historia, centrarse entratar de decir lo que se quiere intuir es alejarse un poco también del mundo, alejarse de lo que uno quiere tocar aunque se le escape, aunque la realidad te lo escamotee. Es como si uno se tratara de alejar de lo que todos quieren, de lo que todos piden, es alejarse de todos, y nunca he querido eso, solo comunicar lo incomunicable y eso solo produce frustración.

También es cierto que mientras salen estas palabras del teclado uno se siente bien, como si estuviera alivianándose de un peso tremendo, como cuando San Cristóbal bajó a Jesús de sus hombros, como si el simple hecho de construir una frase sencilla fuese una tarea titánica -al parecer soy un minusválido de la palabra que hasta las frases más sencillas me cuestan-, aunque las podemos decir todos los días. Quizás ese alivio momentáneo puede provocar una alegría, pero lo demás, aunque escribamos humor, es el hecho de no querer escribir un significante vacío.

viernes, 7 de enero de 2011

Discusión de dos personas normales o el valor de las alcantarillas

 Hace unos días estaba tomándome un café con leche en una terraza, tratando de ingeniarme una idea para sacar plata de alguna parte, cuando ví que una bolsa volaba a causa de algún remolino que la llevó directo a la alcantarilla y a percatarme la fuente del mal olor que estaba sintiendo hace un rato, entonces, ya decidido a pararme y, por lo menos cambiarme de mesa, ví a un hombre que se detuvo un par de metros lejos mío, de frente a un hoyo en el suelo que comunicaba directamente con la mierda y otro tipo de desperdicios, y que empezaba lentamente a lanzar monedas. Ahí, en tiempo y lugar, me pare en seco, estupefacto porque un idiota al que le sobraba un par de céntimos, lo tiraba por un hueco negro del que salía olor a mierda, luego por cinco céntimos. Por ahí se fue una moneda de € o quizás ví mal y llegó a ser una de dos, y cuando iba a preguntar algo así como que si no creía que hubiese algo mejor que venerar a la mierda que flotaba en el fondo del pozo o si pensaba hacer un estudio al respecto, se acercó un transeúnte que luego de un par de segundos mirándolo le grito:

¡IDIOTA!

Y el hombre se dio vuelta como si hubiesen pronunciado su nombre, ni más ni menos, y volvió a tirar las monedas con la misma paciencia que lo había hecho hasta ahora; entonces el otro se acercó y empezó a pegarle en las manos.

¡ACASO NO PIENSA QUE HAY NIÑOS CON HAMBRE O VAGOS A LOS QUE LES PUEDE DAR ESAS MONEDAS!

El hombre se puso de pie, y lo pude ver gracias a la iluminación del un cartel de colores lila, así que adivino que su camisa era de un tono claro, algo cercano al blanco, que estaba escondida bajo una chaqueta de cuero café, unos jean y un par de zapatillas, algo clásico pero que combinaban muy bien con el pantalón, del que literalmente colgaban dos bolsillos llenos de monedas –no podía ser nada más-, en los que guardó las que le quedaban en la mano. El transeúnte lo empujó y el hombre empezó a forcejear, hasta que, en medio de los tirones que el uno le daba al otro, se cayeron algunas monedas a lo largo de la calle y el hombre las pateaba hacia la alcantarilla, mientras murmuraba cosas como “acaso no es mi plata”, “acaso no puedo hacer con ella lo que se me dé la gana”, y le grita al transeúnte que ese es su hobby. Hay gente que gasta su plata en putas, le dice, en cruces, en demerol, en porno, en greenpeace y en las asociaciones cuidadanas que permiten la acción de conjunto y a ellos los mira, les desea lo mejor y/o lo peor, que se mueran o que vivan por siempre, pero a ninguno les dice que esa no es forma de gastar su plata, porque usted también gasta su plata de esa misma manera o… y hasta ahí recuerdo a grandes rasgos lo que hablaba el hombre, porque solo me centraba en la forma que empezaba a tomar la cara del transeúnte: los ojos se caían lento, y cuando estaban a la altura de la punta de la nariz ya no había nariz, sino algo que también caía desde la pera, como saliva colgando, y luego siento como los €s y los céntimos dan contra mi espalda y nuca.

No recuerdo casi nada de lo que pasó después, que no debe haber sido mucho, solo que estaba bajo la mesa en la que tomaba café, en cuatro patas, recogiendo un par de €s que estaban a la vista para pagar el café y mientras ambos corrían el uno tras el otro, yo entré a pagar mi café al bar , y en lo que demoró el cajero en contar el cambio y entregármelo, hice un par de comentarios de la pelea que hubo afuera, recibí el cambio y no he vuelto ni creo que vuelva a ese bar.

sábado, 18 de diciembre de 2010

4’ 33’’: la constitución de todo lo que no existe a pesar de estar ahí. (meditaciones inconexas)

Los árboles suenan cuando caen; una ambulancia con las balizas encendidas significa que va hacia alguien que puede morir o lleva a alguien en peligro. Y si solo escuchamos el sonido del árbol, sin árbol, sin saber siquiera que se trata de un árbol cayendo, simplemente el sonido. Entonces aparece una cáscara vacía, un huevo sin yema nadando en él, un hombre con la mente en blanco, una momia. Esa es la mejor forma de describir cualquier cosa.

Así todos los días nos levantamos como si hubiese algo a lo largo del día, como si supiésemos que ese día veremos el sol ponerse y respiraremos, hasta que dejemos de hacerlo, sin pensar que dejaremos de ver formas y escuchar sonidos, como si ese porvenir fuese un eterno futuro en el cual siempre estaremos incluidos. Y es que cuando no estemos desaparecerá lo que somos, lo que tuvimos, no quedará absolutamente nada o quedará eternamente todo, pero el peso de nuestra propia forma, su masa metafísica, si es que puede llamarse así, habrá pasado, se encontrará totalmente desequilibrada, nuestra vida no será más que la repetición de un momento vacío, de un árbol que sonó en el bosque sin que nadie estuviese ahí para escucharlo. La enunciación de la creación del mundo por parte de un demiurgo.

La paciencia, así, solo existe para llegar a un momento que hemos perdido para siempre y que anhelamos de regreso o esperamos que se pierda en los pasajes de nuestra inconciencia. Porque, al fin y al cabo, siempre tendemos a desaparecer y que de nosotros solo queden huellas de formas que nunca se corresponderán con nada de lo que realmente somos o queremos.

Todas nuestras voliciones se vuelven hacia nosotros como un deseo incumplido y que desea cumplirse, y cuando es cumplido o se lo desea nuevamente hasta el infinito o ya pasó y dejó de ser necesario.

Ahí estamos todos, repitiéndonos a nosotros mismos como si existiéramos en un tiempo diferente al nuestro. Pero no se pueden vivir las cosas de otra manera, somos siempre un ser dislocado en el tiempo –descontrucciones temporales si quisiéramos decirlo postmodernamente-, añorando todo aquello que pasó y que vendrá.

Nosotros queremos viajar en el tiempo, queremos estar presentes en todo el universo, queremos escuchar y ver todo lo que nos rodea. Reconstruir el pasado y prever el futuro, manejar el presente y dejar que las formas permanezcan siempre. Nosotros nunca estamos en ninguna parte, porque ahí y cuando debemos estar, preferimos no estar.

Por lo tanto somos el sonido del árbol, sin árbol o el árbol cayendo sin sonido; somos una ambulancia corriendo sin sonido; somos un símbolo vacío con una raya en el centro.

Al menos somos algo: un caos organizado en torno al olvido de nosotros mismos.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

A causa de la verdad



“El hombre que dice una verdad injuriosa
 por miedo a que no se salve
su alma si hace lo contrario,
debería pensar que esa clase de alma
 estrictamente hablando no vale la pena salvarla”
La decadencia en el arte de mentir – Mark Twain

“Y conocerán la verdad y la verdad los hará libres”
Juan 8; 32


Hace un par de días leí en El País de España que hubo dos muertos en un bar en Francia a causa de la franqueza… me causó gracia aquello de que la causa de muerte fuera la franqueza; es decir, se asumieron que la cusa primigenia de la muerte fue decir la verdad.

La noticia hablaba de tres hombres, según los informes, que estaban en un bar que ya había cerrado en los arrabales de París. Uno de ellos era el dueño y otro de los hombres era su amigo, el tercero era un desconocido del que, hasta el momento en el que escribo, no se sabía su identidad. Lo que sabían de él, por el testigo que sobrevivió, era que hablaba un perfecto francés, aunque con un dejo de acento extranjero, y  que parecía amable, los demás son datos que evidentemente maneja la policía: su estura, peso, manera en que iba vestido, etc. Una de las cosas que más llamaba la atención, según el testigo,  era el carácter del hombre, que se mantenía sereno incluso cuando estaba a punto de morir y que nunca, por más difícil que fuera la situación, se tornó violento.

Los hechos, según cuenta la noticia, basada en el informe policial, con la ayuda del testigo y datos de la investigación, se desarrollan luego que el bar cierra. Dentro de él quedan los tres hombres, los dos amigos y el tercer hombre, ya bastante borrachos, dispuestos a estar ahí hasta que amaneciera, yendo de una conversación a otra mientras se servían diferentes tragos. Así estuvieron hasta pasadas las 5 AM, momento en el cual el dueño del bar le pregunta al desconocido que qué opina de su mujer. El desconocido contesta que es imposible que conteste esa pregunta porque no la conoce. La conoces, le dice el dueño, es la mujer a la que le estuviste coqueteando la mitad de la noche. Cuando el dueño termina la frase, el desconocido suelta una carcajada y contesta que no le estuvo coqueteando, que simplemente quería conversar con alguien y es más fácil con hablar con una mujer que con un hombre, y que, contestando a su pregunta, le parecía una de las mujeres más feas que había conocido. El dueño del bar y el testigo quedan anonadados (sic) por la respuesta, porque precisamente todos creían que la chica era una de las más lindas y, acto seguido, le piden al hombre que repita lo que dijo y por qué cree eso. “Porque es la verdad”, contesta.

Hasta aquí la historia parece más bien una tomadura de pelo o una noticia inventada, algo de la prensa roja. Pero lo que me llamó la atención realmente de la noticia, es lo que viene después.

Entonces habla el dueño del bar y le pregunta al hombre que si esa es la verdad, por qué ninguno de sus amigos se lo había dicho alguna vez. El hombre contesta preguntándole si conoce el cuento del traje del rey, y que la cosa funciona más o menos así, con la diferencia que sus amigos ni borrachos le dirán la verdad, porque él les regala tragos. Luego le pregunta si quiere a la chica de la que habla. El dueño detrás de la barra contesta que sí, y el otro responde de vuelta que con mayor razón sus amigos le mentirán, "así eres feliz tu y los haces felices a ellos". “¿Y si mi felicidad es que me sean francos?”. “Entonces desde ahora serás un amargado de mierda”.

El dueño se altera, camina de un lado para otro insultando a sus amigos y a la vida, y finalmente saca un arma que tenía bajo la barra, la salta, toma al hombre por las solapas y le exige la verdad. Es esa, le responde el hombre, pregúntale a tu amigo. El me mentirá, y no estoy dispuesto a llevarlo en mi conci… La pistola se disparó y esparció la cara del hombre, a través de su nuca a lo largo de todo el wurlitzer. Acto seguido dijo, según el testigo: “No me queda nada”, y se dio un tiro.

El testigo se encontraba todavía en estado de shock al momento de la declaración.

lunes, 29 de noviembre de 2010

El hombre invisible v/s la mujer invisible



Hace unos días tuve una discusión virtual con una serie de mujeres que se decían a sí mismas Feministas. Yo también me digo a mí mismo feminista, pero en la acera contraria, desde mi dimensión de hombre ¿Por qué? Simplemente porque me es imposible, en esta vida, ser y sentirme como mujer.

Pero esto es secundario a estas alturas, porque en esa discusión nunca tuve siquiera tiempo para demostrar que tenía razón o para que la contrapartida demostrara mi equivocación, simplemente fui reducido a un montón de escombros emocionales, porque yo era incapaz de entender lo que era sentirse invisible, y por ende, todo lo que dijera quedaba invalidado, a nivel racional, porque a nivel emocional me era imposible entender.

Entonces caí en cuenta: estamos solos.

No vale la pena que empiece el discurso con el individualismo al que nos han llevado las filosofías postmodernas, ni que la gente bienpensante (a fuerza de puro discurso) de izquierda o derecha (eje obsoleto a mi entender) quiera lo mejor para todos, aunque solo piensen en sí mismos, escondiéndose en un discurso que tan repetitivo se vuelve vacío. Algo así como un “te amo” que de tanto repetir se gasta, así como el nombre de una calle, que de tanto repetirlo se vuelve calle antes que General del Congo Estrecho.

Entonces la gente se esconde detrás de lo que consideran que han hecho mal con ellos, que todo el mundo o está con ellos o en su contra, porque no logran entender que hay otro en la vereda del frente que lo puede estar pasado mal en otro sentido. Si no es en el sentido que uno piensa que es, no existe. Nadie existe además de mi. YO, YO, YO, YO.

Pensé ¿Es que acaso no se dan cuenta que yo he sido invisible también?¿Que he sido pisoteado libremente por esos que dicen defender la libertad de opinión y la fuerza de los argumentos?¿Es que si no son argumentos en de sus propias creencias no hay pensamiento o sentimiento que valga?

Yo soy mi mundo y lo que me rodea. Yo lo fundo. Yo lo creo. Yo soy el Demiurgo de mi propia realidad. ¿Es que acaso somos responsables de todo un mundo para llevarlo a cuestas?¿Es que acaso somos tan soberbios que no reconocemos (re-conocer) al otro sino en función de mí mismo? Pero es que ni siquiera se trata de eso, sino simplemente de reconocer internamente que el otro puedo ser yo mismo. Que mí mundo es tan válido como el de cualquiera. Que todos somos egoístas y prejuiciosos. Eso lo tenemos todos. Eso nos hace iguales.


domingo, 7 de noviembre de 2010

Dios está en cada una de las entrañas de las vacas que van al matadero... esperando por salir. (Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut)

“¿Y qué dicen los pájaros?
Todo lo que se puede decir
sobre una matanza; algo así como
«¿Pío-pío-pi?»”

Una vez caminé por el cementerio de la ciudad en la que crecí. Esta se encontraba en medio del desierto, así que nunca estuvo muy poblada, excepto por los últimos seis años en los que no he ido.

Y es por eso, tal vez, que solo había tres cementerios no muy grandes, cementerios a la antigua, y un parque para el reposo de las almas (lo que se entiende actualmente como cementerio).

Una de las cosas curiosas de estos cuatro cementerios, es que, por más que busqué dentro de la ciudad nunca encontré el cementerio número 2, y lo busqué mientras caminaba por entre los demás cementerios. Así estuve hasta que alguien me dijo que ese lugar de reposo, así dijo, había sido destruido hace más de veinte años y sobre el habían edificado casas.

La otra curiosidad tiene que ver con la poca “gente” que poblaba esos lugares, porque siempre encontraba nichos vacíos, a pesar que muchas de las tumbas que habían databan del siglo XIX y que habían pagado su lugar a perpetuidad, por lo que no podían ser removidos… perdón, sus restos no podían ser removidos nunca más por el resto de la eternidad. Los demás, lo otros restos, iban a un crematorio que había al fondo del lugar donde eran incinerados todos los “desechos” de las tumbas, así se hace más lugar para los muertos más frescos que llegaban al lugar, y que tenían deudos que podían mantener sus tumbas. Es decir, la sobrepoblación de muertos de una cuidad no la lograba ver por su poca población; porque uno de los cementerios había sido destruido; el otro reciclaba los espacios; y el primero de los públicos, el número 1, donde se enterraban los primeros muertos que no tenían en su cuerpo a Dios –a los demás se los enterraba en la iglesia y sus alrededores-, era un monumento nacional que no podía ser tocado.

Y es aquí donde entra Vonnegut en oposición a Lanzmann, Levi y Frankl, entre otros, y posicionándose un poco en la misma línea de Imre Kertz. Esto porque Billy Pilgrim, protagonista de Matadero Cinco, de este autor, vive la Segunda Guerra, no como un sobreviviente de un campo de concentración ni como un soldado, sino como el ayudante de un sacerdote que nunca encontró, sin armas y vestido de civil. Así presenció la carnicería de Dresde.

Y, a pesar de lo atroz que fue la matanza de Dresde, tan atroz como cualquier matanza –como la Shoah, como los GULAG, o como los experimentos de los chinos sobre su propia población-, el problema queda para los vivos, nunca será un problema para los muertos. Ellos ya están en otra dimensión de cosas, sin necesariamente un cuerpo material, si es que se puede decir así, con el que sufrir. A ellos ya no le preocupa el dolor, por lo menos como nosotros lo conocemos, y si hemos sido buenos en nuestra vida y creemos en algo superior, puede que en ese estado hasta estemos mejor de lo que estábamos en vida.

El problema de los muertos es para los vivos, todos esos que vieron la matanza y el sufrimiento, que tienen algo de conciencia y que, a su vez necesitan descargarla de alguna manera.

Yo no he visto muertos. Yo no he visto la carne humana destrozada, chamuscada o a colgajos desde un hueso o parte de él. Yo no puedo sentir lo que Vonnegut o Frankl, me es imposible, aunque quiera empatizar, son experiencias humanas que no están a mi alcance, y sinceramente espero que nunca lo estén.

Theodor Adorno dijo que después de Auschwitz es una barbarie escribir poesía, entonces somos bárbaros. Porque no se puede negar que nos hemos mantenido adelante a pesar de eso.

Y por eso es que nuestra memoria es tan frágil, porque es parte de lo que tenemos que hacer para seguir viviendo.

Los Trafalmadorianos, raza extraterrestre que aparece en este libro, le dice a Billy que conocen todo el tiempo y lo ven todo: desde el inicio del universo hasta la desaparición del mismo, y aunque saben cómo se destruirá y tienen forma de evitarlo, no lo harán, porque el tiempo es un eterno presente en el que todos están muriendo y sufriendo, pero en el que, al mismo tiempo, todos están vivos y felices. Los muertos están muertos para nosotros porque no podemos ver que siguen vivos y felices en el instante que siguen así, un instante de presente eterno, en otro tiempo. Y la idea de que eternamente siguen sufriendo es la idea de que ellos siguen así, sufriendo muertos.

Entonces, más que culpa por estar vivos, los hombres debiesen estar agradecidos que los demás los hayan dejado estar vivos o tienen como alternativa creer que podrían hacer algo por ese eterno presente de sufrimiento o culparse por no estar muertos y cargar con todos los muertos, y sufrir eternamente un presente que quedó en el recuerdo.

La última alternativa es el suicidio.




martes, 19 de octubre de 2010

Miguel Ángel y las inconclusas: Manos de Hombre
(Segunda parte de la completitud)

 La expresión de la voluntad

Piedad de Rondanini (1564)


Escapar al momento final, a cualquier final de todos los ciclos que vive el hombre durante su vida, incluso llegar al final de la misma produce miedo, un miedo que tiene que ver con acabar, con llegar al final de un camino que se ha caminado seguro, aunque no se sepa adónde lleva. Sin embargo, Miguel Ángel siempre supo los finales de sus esculturas: desde que veía un bloque de mármol sabía exactamente lo que había en él, lo que debía ser revelado, no importa en realidad si lo hacía para sí mismo o para los demás.

Los dedos estaban ahí, la cabeza estaba ahí cuando empezaba la obra, sin darle descanso, manteniendo el pulso como un hombre lo debe mantener al tomar una espada o un fusil para sobrevivir, para cazar, pero este hombre solo trabajaba en la perfección, ni siquiera en la perfección de sí mismo, sino en la que le era impuesta por la divinidad, sea cual sea.

La misma divinidad era la que guiaba la mano, como si de una profecía ya escrita en el seno de la piedra se tratara y él fuera el encargado de escribirla, pero no con su propia redacción, sino siguiendo las líneas que ya habían sido marcadas, como si fuera un niño que debe apretar el pulso para marcar todo aquello que debe aprender al escribir, al sumar, al dibujar. Miguel Ángel, no obstante, no aprendía nada, simplemente estaba atrapado por la forma primero, y luego por una imagen completa, y a ella se dedicaba, en ella depositaba todo.

Hablar de todo lo que acabó así no tiene sentido. Hablar de todo aquello que lo hizo trascender, que llega hasta nosotros, es una cuestión de mera formalidad arqueológica. Más vale estar de pie junto a todo aquello que destruyó o que no acabó, porque ahí está  todo lo que no sabemos de él, está puesta toda su pasión y la voluntad de tratar de acabar algo que no acabó. Ahí no vale la disciplina, como si fuera una droga que nos permite y obliga a vivir. Este no es un soldado que obedece a lo que algo o alguien le ordena. Es lo contrario exactamente. Es trabajar sobre la base de la no supervivencia, es dejarse matar un poco por ver que otra cosa se entrega, es como si nosotros moldeáramos el barro y le diésemos vida, un poco de nuestra vida cada vez, para que pudiera mantenerse solo en el tiempo. Así, por lo tanto, es nuestra voluntad morirnos un poco o totalmente para que la pintura, tinta o mármol se mantengan en el tiempo.

Pero dónde está la voluntad en aquello inacabado. Está en no acabarlo, porque se hace innecesario para la pasión, se hace innecesario para la voluntad alentada por esta pasión. No es un mero acto de disciplina el acabarla.

El hombre que empezó a pulir una piedad florentina para luego destruirla, responde que una de las razones para su destrucción era “porque su criado le había importunado con sus sermones diarios para que la terminara y otra porque se había roto una pieza del brazo de la Virgen. Y todo esto, dijo, así como otras desgracias, incluyendo el descubrimiento de una grieta en el mármol, le habían hecho odiar la obra, había perdido la paciencia y la había roto” (1) . Y es que los esfuerzos siguieron quizás más allá de su propia voluntad, dejando la mano antes a la disciplina, para ver destruido todo por culpa de ella, y siguiendo su voluntad, la destruyó.

Lo mismo ocurre con los esclavos o prisioneros inacabados para la tumba del Papa Julio II, pero modelados hasta el punto que parecen salir, emerger de la roca pero a la vez contenidos, prisioneros por el propio escultor para nunca emerger del lugar donde pertenecen. Quizás ellos también están junto a Caronte, como en la Capilla Sixtina, hombres condenados a tratar de escapar del lugar adonde pertenecen, del que son parte, pero, a la vez, obligados a permanecer ahí, y aunque su esfuerzo sea enorme les es imposible ascender hasta el lugar donde deben/quieren llegar. Es por lo mismo que estas esculturas parecen más humanas, como si no pudieran despegarse de su propia expresividad, de su propia humanidad. Las demás obras del escultor italiano, las acabadas, son o parecen ser casi perfectas, divinas si se quiere (lo llamaban el divino), son los pasos que se siguen en el mármol, desde el infierno al purgatorio para llegar al paraíso, acabando al hombre en su completitud, como obra.

En todas las inacabadas quiso llegar a la perfección y quiso poner un soplo de su propia vida, y a pesar de no terminarlas lo hizo, invirtió y entregó vida, se deshizo de algo de él para luego destruirlo. Es como si todas las manos rotas, los cayos más endurecidos por esta obra, las noches sin dormir, el hambre, el frío y el cansancio no hubiesen servido a nada más que a la destrucción de sí mismo o de una parte de sí, y si es así, entonces sigue primando la voluntad y la pasión. O tal vez el logro de su perfección sea justamente entregarle el soplo de aquello que él mismo era: autorretratos más sencillos, más iguales a él.

Puede que también la Piedad de Rondanini haya tenido esa pequeña perfección de lo que nunca acabo, sin embargo no podemos saber, sobre todo en esta, si fue en realidad su voluntad, si logró a pesar de todo llevar al punto culmine su obra pero sin esa presentación formal que requieren las obras terminadas o el olvido que la voluntad impone a las obras inacabadas.

Entonces las estatuas lloran la muerte del redentor en todas las piedades, pero en esta una madre inacabada llora a su hijo inacabado, juntos, tratando ella de que su hijo muerto no caiga bajo sus pies. No logramos ver claramente la tristeza en su cara, no logramos ver tampoco la expresión de la muerte de cristo en el rostro, pero entendemos que más allá de esta forma inconclusa hay algo que se muestra por completo aunque sin acabar. Ahí están marcadas las manos de un hombre muerto hace más de cuatrocientos años y su voluntad.




(1) R. Hodson (2000) p. 110

(Fine)

lunes, 27 de septiembre de 2010

Miguel Ángel y las inconclusas: Manos de Hombre
(Primera parte de la completitud)




A falta de prólogo o lo que importa viene después

Esta entrada la escribí hace años, con errores, con una serie de faltas que para mi hoy serían imperdonables, pero hay algo de añoranza en ella, hay un algo de aquella época que no es que se añore realmente, si lo hiciera estaría renegando prácticamente de todo lo que he hecho hasta el día de hoy, y no es que me arrepienta de cosas, de muchas, sino mas bien de cerrar ciclos y volver a eso, a lo que deje en ese momento y que me veo en la obligación de completar, para completar todo lo que haga falta, porque no se pueden dejar cabos sueltos, porque las barcas se pierden en el mar y por primera vez en mucho tiempo, creo, puedo confiar en que las barcas no se van a perder; y podré dormir toda la noche como es debido y no preocuparme de lo que puede ser o no, porque, así como la luna obliga al mar a subir o a bajar, mientras los cabos estén atados, la barca no se va a perder, y si lo hace, será guiada por las mareas, y estas a su vez por la luna. De la misma manera hay gente que influye en lo que he sido y seré.

Este post no es el primero de este blog, pero sin duda es el que le da sentido, un sentido de mosaico significativo, que conste de cada una de sus partes pero sea imposible de observar: un mosaico caleidoscópico si se quiere. Y tal vez, tenga que ver también con el sentido de cada una de las palabras, como pequeños mosaicos, que nunca se sostienen por sí mismas (nada hay que se sostenga a sí mismo), sino por aquello a lo que hacen referencia: los sonidos, las cosas, a un mundo que puede que exista o no (como Plutón), pero que también sostienen lo demás, y que al fin y al cabo está, y está bien.

El post que van a leer a continuación ha sido modificado mínimamente, en sus errores, en su estructura y apunta a algo que voy a finalizar la próxima semana, porque todos y cada uno de los que me leen, y sobre todo yo, se merecen que haga lo que trato de hacer de la mejor manera posible. Así, este blog se ha transformado en algo más que un espacio en el cyberespacio, pero a la vez en algo que no existe en ninguna parte... 


Las manos del Hombre

Cuando se habla de la Biblia se dice que los versos que en ella están escritos son de inspiración divina, dictados por boca de Dios a los hombres y mujeres que redactaron todas y cada una de las palabras que ahí aparecen. Pero ese soplo divino fue ejercido, ejecutado por manos de carne y hueso. No vamos a discutir aquí la legitimidad de lo que fue inspirado por Dios o si lo fue, sino hablar de algo más concreto: de hombres y de manos, de las cosas hechas.

Se dice del hombre que piensa, y que todo logro es fabricado con sus manos, diez dedos dispuestos a realizar cualquier cosa que comande la cabeza, por lo tanto, comandado por nuestro pensamiento. La división del trabajo tiene que ver con lo que hace el hombre: una parte primero se organiza, se piensa, se hace estrategia, para luego pasar a la acción, y sin embargo, no todo se comanda de esa manera, no todo es movido por la razón, sino también por otras razones menos explicables y entendibles, sensaciones del espíritu si se quiere, liberaciones del mismo. A estas liberaciones del espíritu se les puede llamar emociones. Pero no me interesa hablar de todas ellas, porque no todas ellas nos comandan sino hasta cuando se exaltan, y ahí está la pasión, eso es lo que me interesa.

El hombre se deja guiar por la pasión para matar a la mujer que ama, por ejemplo, y ahí esta el problema, no la mata porque la ame, la mata porque lo apasiona. Entonces, el hecho de matarla no necesitaría mayor explicación, como tampoco el descuartizarla, el arrancar cada uno de los pedazos de su cuerpo tratando de convertirla en un puzzle imposible de reconstruir, porque no existe razón para aquello. Como tampoco existe al momento de maquillar su cara, separada ya la cabeza de su cuerpo, esperando que toda banalidad desaparezca: su sexo, sus senos, sus brazos y piernas, para que quede sólo ella, la residencia de todo en la cabeza, incluso dejando de lado los músculos o las bombas que distribuyen los fluidos al rededor del cuerpo. La cabeza y su cara maquillada, como un acto de arte, en el que no se encuentra a nadie sufriendo. Luego, la sube a su auto en el asiento del copiloto, dejando que duerma todo lo que desee, no interrumpiendo su sueño. Deja que lo acompañe a ver la puesta de sol, después de toda una noche juntos, y se sienta tranquilo junto a ella, como si en realidad nada hubiese pasado.

No se necesita, creo, describir más: esto lo hizo un hombre, y necesitó de sus diez dedos para hacerlo, necesitó de la fuerza de su brazo, necesito ser guiado hasta el cansancio por su razón para realizar los cortes, el maquillaje, pero esa razón fue movida antes por sus deseos para cometer el acto mismo, por la pasión. Esa fuerza que movió sus músculos es la misma que mueve a Miguel Ángel a crispar las manos alrededor de la piedra, y sacar de ella toda la materia que nos nubla la vista de lo que hay detrás.


Las estatuas que lloran

La cabeza envía toda una serie de señales a lo largo del cuerpo, a cada momento, incluso estando inconcientes, actos involuntarios que permiten que vivamos. Los actos voluntarios, que nos ayudan a vivir también pueden ser movidos por actos involuntarios: matar un animal para comer; preparase para la conquista, construir una planta de purificación de agua. Pero el acto voluntario de enviar señales a todos nuestros músculos para que se pongan en tensión, porque se prepara para dar un golpe a una roca virgen, no nos ayuda a pervivir, teniendo como resultado una figura humana o divina. En este caso, los músculos del brazo alimentados constantemente para llegar a dar un golpe, con un martillo sostenido por cinco dedos y sus callos, labrados ellos mismos de tanto labrar, no sirve necesariamente para nada al acto de supervivencia individual o de la especie humana, es una perdida de tiempo, es un acto gratuito que nuestra especie – si es que podemos hablar en esos términos – es capaz de realizar.

Los primates tienen manos y patas que parecen manos, y son tan hábiles como para trabajar con ellos y ellas, y algunos hasta fabrican herramientas. Las hormigas no tienen manos, ni siquiera son tan hábiles con su cuerpo, pero el cuerpo y las manos de las hormigas son todas ellas, y pueden construir galerías tan complejas como el hombre pueda imaginar, pero son todas las galerías iguales, no responden a nada más que a un lugar de habitación. Los elefantes son capaces de hacer maravillas con el extremo de su trompa, son capaces de tomar suavemente los huesos de sus muertos y llevarlos a un lugar común, donde serán venerados por los años que les queden a los elefantes.

El hombre es capaz de construir edificios cuadrados como cuevas, que son útiles para vivir, que protegen de la lluvia, el viento y el frío. Esto lo fabrica con miles de dedos y sus herramientas, que a su vez han sido fabricadas con moldes y robots, que a su vez han sido fabricados con ingenio y con sus dedos, que a su vez están en fábricas que han sido echas con los dedos y con ingenio. Han construido cementerios. Han matado manadas de animales. No han hecho nada que no haya hecho un animal con sus habilidades y sin manos. Aléguenme que son más complejas, más sofisticadas, que el hombre ha evolucionado de una manera que permite a los hombres pensar en las estrellas y llegar hasta allá. Pero no ha hecho nada que no pudiese haber hecho, en el sentido que he mencionado, otro animal que necesita satisfacer sus necesidades de la forma más eficiente posible ¿Dónde está la voluntad del acto? Todo reducido a necesidad.

La cabeza y su cerebro le fue dado al hombre por la naturaleza, por Dios, por Yahvé, por Alá, o por algún experimento de alguna “raza” extraterrestre, que es similar en muchas formas al de los demás animales, e inclusive, hay especies que lo tienen más desarrollado que el nuestro en algunos aspectos, y sin embargo sería uno más entre ellos si no tuviéramos el soporte adecuado y la voluntad… adecuada.

Somos uno de los pocos que podemos suicidarnos, somos uno de los pocos que podemos dejar de comer, somos unos de los pocos que podemos evitar tener hijos y dejarnos llevar por el placer del acto sexual, somos unos de los pocos que podemos comer solamente para hacer cosas inútiles a nuestra propia existencia. Rompernos las manos y no para cultivar; herirnos para darle el tono adecuado al rojo de la sangre del ser que tratamos de representar, y que se está muriendo, y que nos da pena; retratar un campo de flores que sólo tiene colores que son eficientes sólo para ellas mismas, pero que queremos que quede impreso de forma indefinida en cada uno de los conos y bastones del iris, y detrás de ellos. Esto con dedos, y quizás no con todos.

En medio de esto está el hombre que he mencionado, que a los veintitrés años dibujó y esculpió “La Piedad” de la Basílica de San Pedro. A los veintinueve nos mostró como debía ser un hombre perfecto, David. Y usó toda la fuerza de su cuerpo para llegar a eso, para moldear cada una de las cosas que estaban bajo el mármol, pero, sobretodo, usó la fuerza de los dedos para moldear cada uno de los contornos, llegar hasta la tensión de los tendones en los pies, o las venas del brazo luego del esfuerzo. También hay fuerza en lo que es plano, hay fuerza en los colores que no parecen colores o coloreado, parecen parte te algo que está vivo, que se confunde entre lo dibujado y lo esculpido, o entre lo vivo o lo muerto. La Capilla Sextina se abalanza con todo el peso de esas personas sobre ti, con el peso de los ropajes desde el techo, y solo Dios es sostenido por los ángeles, para que no caiga sobre nosotros, porque adán no podrá sostenerse una vez que Dios aleje su dedo. Los que escalan las paredes de la capilla pesan y hacen fuerza con cada uno de sus músculos para escapar del fuego, de un Caronte que tensiona sus brazos en un remo, con la ira de quien va a matar a alguien que está muerto. Algunos son ayudados por los que están arriba, otros son abrazados por los mismos castigados para sumarle peso al propio peso.

La única manera que queda para escapar es dejando que la manos hagan la fuerza necesaria para que el pincel no pase de largo, para que el cincel no pase de largo. Es la redención que buscan los que tienen la desesperación pintada en la cara, los que tienen la tranquilidad están al lado del Hijo. Los que están bajo un látigo casi infernal son los que ayudan a Miguel. Ellos eran la extensión de lo que no necesitaba hacer.

(fine parte prima)

sábado, 18 de septiembre de 2010

Gainsbourg, el arte de la exageración:
J'fais des trous, des p'tits trous…



Las orejas de mosieur Gainsbourg eran enormes, enormes hasta para un orejón. Ellas parecen dos caracoles prehistóricos ajustados estéticamente a los lados de la cabeza, simétricamente puestos para un contrapeso justo, como el de los ascensores, para que los sonidos cupiesen con toda su energía en ellos y anidaran.

Las orejas de mosieur contienen no solo sonidos, contienen al mundo, un mundo que no fue revelado sino hasta cuando llegó a la composición, de la mano de la trompeta con patas de Vian, de Boris Vian.

Ni hablar de su cabeza, una cabeza Magrittiana, una cabeza verde azul, de col, con caracoles escondidos bajo sus hojas, dos grandes caracoles moribundos.

Y qué serían los caracoles y la cabeza de col sin un corazón gigante que se dejaba llevar por la belleza de la música y de la carne.

No es necesario pensar en la risa negra que completa el conjunto, una risa que se rie de la pena judía en el corazón de sheriff del niño Lucien, que Serge no había nacido aún, era la sombra de un monstruo imaginario por nacer, que vería la luz algunos años antes que Altazor, pero con el mismo gusto por la vida, tratando de vivirla a ver si es capaz de morir en el intento.

Les extraits du Reader Digest                (los extractos del Reader’s Digest
Et dans c'bouquin y a écrit                     y en este libro está escrito
Que des gars s'la coulent douce à         que los chicos disfruten en
Miami                                                       Miami
Pendant c'temps que je fais l'zouave     mientras trabajo como un tonto
Au fond d'la cave                                     al fondo de un sótano
Paraît qu'y a pas d'sot métier                 parece que no hay trabajo 
                                                                               [más estúpido
Moi j'fais des trous                                  yo, haciendo pequeños hoyos
dans des billets*                                      en los billetes)

Y es así.

La cabeza, los caracoles, el corazón, la risa negra y una nariz judía opacada por el resto, se nos presentan de frente con un collage de fondo: al lado del corazón la Bardot, Birkin y Charlotte, con fotografías antiguas pero en color, un poco amarillas y desteñidas por el tiempo, pero de pie. Sobre dentro de la cabeza de col Vian y los surrealistas, retratados en blanco y negro, más en un negro profundo, como una borrachera con sombra, algo que se desvanece totalmente.

J'en ai marre j'en ai ma claque             (Estoy cansado de eso,
                                                              [he tenido suficiente
De ce cloaque                                      de esta cloaca
Je voudrais jouer la fill'' de l'air             querría jugar a la chica del aire
Laisser ma casquette au vestiaire        dejar mi gorra en el guardarropa
Un jour viendra j'en suis sûr                  el día vendrá, estoy seguro
Où j'pourrais m'évader dans la nature  en el que me podré evadir 
                                                                         [en la naturaleza
J'partirai sur la grand'route                    me iré por la gran ruta
Et coûte que coûte                                y cueste lo que cueste
Et si pour moi il n'est plus temps          y si no hay más tiempo para mi
Je partirai les pieds devant                   partiré con los pies por delante)

J'fais des trous, des p'tits trous,         (yo hago los hoyos, pequeños hoyos,
encor des p'tits trous                          aún más pequeños hoyos
Des p'tits trous, des p'tits trous,         pequeños hoyos, pequeños hoyos
toujours des p'tits trous                      siempre pequeños hoyos)

Y a d'quoi d'venir dingue                    y eso es lo que me tiene chalado
De quoi prendre un flingue                 lo que me hace tomar un arma
S'faire un trou, un p'tit trou,                y hacer un hoyo, un pequeño hoyo,
un dernier p'tit trou                             un último pequeño hoyo
Un p'tit trou, un p'tit trou,                    un pequeño hoyo, un pequeño hoyo,
un dernier p'tit trou                             un último pequeño hoyo

Et on m'mettra dans un grand trou      y me meterán en un gran hoyo
Où j'n'entendrai plus parler d'trou      donde nunca más escucharé hablar
                                                                                           [de hoyos
plus jamais d'trou                              de hoyos, nunca mas de hoyos
De petits trous                                   Pequeños hoyos….

Toda la risa encapsulada en lágrimas.

La muerte sin duda no lo persiguió a él en particular, la muerte no persigue a nadie, nosotros perseguimos la muerte, siempre vamos un paso detrás de ella y él nunca la quiso alcanzar, simplemente quiso perderse un poco de todo, reírse de sí, reírse del amor perdido de Bardot, reírse de la alegría a medias con Birkin, llorar de risa con la estupidez de los periodistas y de la gente.

Je vis au cœur d'la planète                         (vivo en el corazón del planeta
J'ai dans la tête                                           tengo en mi cabeza
Un carnaval de confettis                             un carnaval de confeti
J'en amène jusque dans mon lit                 que traigo hasta mi cama
Et sous mon ciel de faïence                        y bajo mi cielo de loza
Je n'vois briller que les correspondances  Todo lo que veo brillar son las
                                                                  [luces de los enlaces del metro
Parfois je rêve je divague                          A veces yo sueño, divago
Je vois des vagues                                    veo vacío)

Hoy no conozco a nadie más clásico que él, heredero y portador de la chanson française, como si se tratara de un fuego prometéico, llevándola al rock, al disco, al reggae, como su Masellesa destronada, más clásica que todo lo anterior, de él, un francés por casualidad o por obligación de vivir.

Sin embargo, musieur nunca estuvo loco, nunca fue un exagerado, siempre tuvo los pies más en la tierra que los ángeles que él amaba.

En realidad todo era mentira, un cuento, una película de Joann Sfar

Gainsbourg nunca existió, era simplemente Lucién niño que soñaba con ser Gainsbourg, con ser la cabeza de col, con Melody Nelson y Gainsberre, con ser un muerto enfermo del corazón el año 1991




*La letra corresponde a extractos de esta canción


Bonus track:


Je t'aime... moi non plus




Je bois (Boris Vian)





C'est tout